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OPINION El buen argumento y la vida política Álvaro Rivera Larios
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a Julia Evelin
Según la circunstancia (formal, informal) y la jerarquía
del interlocutor, las personas que dialogan modifican su estilo de lenguaje.
De igual forma un abogado ante el juez razona con mayor rigor y responsabilidad
que cuando comenta a voleo un partido de fútbol.
Cada espacio de encuentro exige de nosotros distinto grado de atención
al lenguaje, los hechos que referimos y la coherencia de nuestras opiniones.
Imaginen ustedes al filósofo que, en pleno calor asambleario, interviene
con voz pausada definiendo conceptos e hilvanando deducciones impecables.
Sus argumentos, por muy buenos que fuesen, sucumbirían ante la
fuerza de un orador menos inteligente, pero más emotivo y teatral.
Los filósofos (Sócrates, Platón, Aristóteles) convirtieron la estrategia de sus diálogos en la medida de la racionalidad y soñaron con trasladar dicho criterio a la vida política. Pero también sabían que en el foro pugnaban los intereses, la emotividad y la demagogia ¿contra todo eso que podía hacer un buen argumento?
Y a esta pregunta se buscó darle una respuesta: La academia Platónica y el liceo Aristotélico fueron instituciones de enseñanza donde el amor a la sabiduría no renuncia al proyecto de crear una elite adiestrada “racionalmente” para intervenir en la política.
El objetivo era difundir la cultura del debate riguroso, bien fundamentado, como un contrapeso al conflicto de intereses y a la demagogia que impregnaban la discusión pública. Visto así el arte de discutir razonadamente no era solo una técnica, representaba además un valor importantísimo para la vida democrática.
Cada una de las partes que interviene en una polémica lucha porque su posición prevalezca y triunfe sobre la otra. Sin una noción de la verdad y de cómo acceder racionalmente a ella, serán la fuerza o la persuasión quienes decidan el resultado. Ya en la Grecia clásica se piensa que las opiniones dominantes proceden de quienes tienen más poder para imponerlas.
La razón en política es un valor que trata de moderar los automatismos del interés y su pulsión discursiva y que propicia un pacto entre adversarios donde se fija el conjunto de normas lógicas y veritativas a las que se ha de someter el lenguaje de la polémica para abrir la posibilidad de un acuerdo. La técnica argumental se vuelve una forma de ascesis cívica. Al menos ese sería el programa de la dialéctica filosófica que Aristóteles propuso.
Una de cuyas normas sería: no afirmes nada que los datos disponibles contradigan, porque de lo contrario introduces una proposición falsa al debate ¿pero quién no vende mercancía por encima de su valor? ¿Quién no miente para conquistar el poder o preservarlo? El mundo, tampoco nos engañemos, suele ser bastante cínico. Aristóteles lo sabía y por eso su labor de construir una teoría donde se compaginan ética, verdad y discurso político no deja de ser una utopía, algo que no está presente, que no es, que nunca veremos en estado puro.
Para el filósofo toda distorsión que el interés de los litigantes introduce a la polémica puede verse también como un fallo del razonamiento. Detectar esos fallos en uno mismo revela honestidad intelectual, descubrirlos en el oponente puede servirnos para desmontar su argumento o al menos para no ser manipulados. En un mundo donde la palabra aliada al interés puede deformar las cosas, saber descifrar los entresijos de un mal argumento es parte del equipo necesario para defender nuestra libertad o ejercerla con buen sentido.
Vivimos en un país polarizado, en el cual la coherencia argumentativa es siempre un elemento débil ante las ideas correosas que articulan el sentido de los grupos políticos y el entramado de intereses sociales que representan. Con mucha frecuencia la tribuna política se convierte aquí en el lugar al que se citan los partidos no tanto para discutir como para monologar entre ellos.
Un error tradicional de las elites salvadoreñas y que revela su perfil aristocrático, es decir, el problema que tienen de percibir su condición ciudadana, ha sido la voluntad de tutelar los destinos del país sin proponer un consenso a los otros grupos sociales. El consenso es dialogo y el dialogo presupone un respeto a la personalidad, ideas e intereses del interlocutor. Durante años en nuestra cultura se practicó la violencia como forma de resolver los dilemas. Esa violencia que permea nuestras discusiones nos recuerda que todavía no se ha entronizado en El Salvador una autentica cultura del debate. Si la guerra civil no pudo desarrollarse sin el apoyo activo de una parte de la población, es obvio que el respaldo electoral al FMLN revela una tendencia de ciclo largo que es capaz de resistir al poderío mediático de Arena. Un liberal lúcido, en funciones de gobierno, debería leer eso como un signo a tener en cuenta a la hora de ejercer el poder. Un partido gana las elecciones, es cierto, pero debe gobernar para todos y no convertir su gobierno en un monologo de las elites como ha sido la costumbre en El Salvador. No se trata tan sólo de gestionar la economía y de que los números cuadren. La eficacia y el orden deben ir acompañados por un criterio de integración nacional donde la riqueza y los bienes generados por el país se difundan hacia abajo. No hablo de nacionalizar la banca, ni de suprimir la propiedad privada, sino de un capitalismo abierto sin demagogia, ni actos caritativos, a los problemas de la gran mayoría de los salvadoreños. Un capitalismo capaz de aprender de sus errores, un capitalismo respetuoso con los valores democráticos.
Radicales y expertos me dirán que soy ingenuo. Lo admito, pero díganme ustedes de qué forma salimos del circulo vicioso de los intereses irreconciliables, sino es buscando puntos de acercamiento por mínimos que sean. Si damos por perdida cualquier posibilidad de encuentro y entendemos nuestra vida política como una lucha por la hegemonía donde siempre deberá prevalecer una postura sobre otra, un grupo sobre otro, un vencedor y un derrotado, si es así es posible que estemos condenados más adelante a repetir los dramas cíclicos que arrasan nuestra convivencia.
Si algún día el Frente gana las elecciones mal haría si repite el estilo autoritario de Arena. Deberá gobernar conciente de que una parte de nuestra sociedad vota a la derecha. Si damos por descontado que todo lo que venga del adversario político es despreciable, estamos negando la posibilidad del diálogo.
El socialismo democrático ya no contempla el ataque la propiedad privada y acepta además la división de poderes, la libertad de pensamiento y expresión, el multipartidismo y las rondas electorales para elegir al poder local y nacional. Dado que acepta tales ideas es obvio que ha incorporado ciertos principios del liberalismo. El FMLN participa, legitimándola, en una institucionalidad liberal y el problema que se le plantea es ¿cómo conservar sus señas de identidad incorporado a un orden burgués? Si no pretende utilizar “las vías legales” para luego trastocar al “sistema”, debe plantearse un diálogo, un acercamiento con sectores del empresariado y de la clase media interesados en dar cobertura a una reforma social en El Salvador. Que dichos sectores sean minoritarios no importa, deben ampliarse mostrando un talante negociador y reflejando eso en la modernización de las plataformas programáticas. Arena se fortalece en el recelo, en el miedo que los empresarios sienten hacia la izquierda. El día que la izquierda, sin deponer sus principios, logre sentarse a la misma mesa con los empresarios progresistas de este país, ese día comenzará a vislumbrarse como una alternativa real de poder. Pero el Frente es una victima de la retórica populista con que moviliza a su electorado, se haya prisionero de ella.
Si Arena debe abrirse al hecho de que casi la mitad del país vota desde hace años a la izquierda, el Frente debe admitir la parte que le corresponde. Es obvio que las elecciones refrendan políticas que no serán de gusto para todo el mundo y que siempre habrá un sentido del triunfo y la derrota, pero siempre habrá otras citas electorales y mientras llegan quien ejerza el poder ha de evitar el revanchismo tratando a los demás partidos como interlocutores necesarios.
Déjenme citarles unas palabras de Michael P. Lynch: “la lealtad inquebrantable a lo que uno cree no es un signo de que a uno le preocupe la verdad. Es una señal de dogmatismo. Preocuparse por la verdad no significa no tener que admitir que jamás uno se equivoca. Antes bien, preocuparse por la verdad significa tener que estar abierto a la posibilidad de que tus creencias estén equivocadas”.
Se que las relaciones entre verdad y política son problemáticas. Tiene razón Julia Evelin Martínez cuando me recuerda que las diferencias políticas no proceden de la calidad de los argumentos, sino que derivan de intereses a menudo irreconciliables. Dos guerra civiles parecen darle la razón, pero si la división de intereses nos condena, como la fatalidad, a repetir el conflicto ¿por qué no tratar de impedirlo aprovechando ahora los espacios de dialogo (prensa, parlamento, televisión) para difundir otra cultura, otros valores de debate? Hacerlo no significa que por el mero ejercicio de la razón dialéctica vayamos a encontrar una verdad que borre de un plumazo nuestras diferencias, pero puede ayudarnos a desalojar el lenguaje de la propaganda de las columnas de opinión y de la asamblea legislativa. Uno puede defender sus intereses respetando la inteligencia y la integridad del adversario y que mejor muestra de respeto que la supresión de esas imágenes maniqueas a las que tanto se acude, en temporada electoral, para defenestrar a los demás partidos.
Unos y otros recurren a una batería de tópicos para desvirtuar
públicamente al adversario. Como se presupone que la división
de intereses crea un muro infranqueable nadie se preocupa por convencer
a los que están al otro lado.
Las críticas al otro son palabras de autoafirmación, dichas
para convencer a los ya convencidos, más que argumentos pensados
para erosionar el dominio intelectual del oponente.
Lógica y dialéctica, en cuanto técnicas, son, como bien lo comprendieron los filósofos griegos, no solo un lujo para los especialistas. Se debe luchar por que lleguen, acompañadas por la ética, hasta la vida pública.
Aquí dejo al lector unas lecturas sobre el tema:
-Lynch, Michael P. 2005. La importancia de la verdad/para una cultura pública decente. Barcelona. Ediciones Paidós.
De la red puede bajarse gratis un libro muy útil para confeccionar
argumentos y polemizar. Tomen nota: www.usoderazon.com
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