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OPINION / EDITORIAL

El proceso roto

El Faro
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Las elecciones locales y parlamentarias recién concluidas han marcado un retroceso en el proceso democrático nacional. Hemos visto, por primera vez en muchos años, acusaciones serias de fraude y el desconocimiento de la autoridad electoral.

La pérdida de la institucionalidad, reflejada primero en la decisión del presidente de la República de convertirse en el principal candidato de su partido y luego en un incapaz Tribunal Supremo Electoral abrieron la puerta para que las cúpulas de los dos principales partidos politicos decidieran llevar los comicios hasta sus últimas consecuencias sin respetar las leyes electorales. El escenario vivido en los últimos días no encuentra precedentes en nuestros tiempos de paz, y ha llevado al país a sus mayores indices de polarización y tensión política desde la firma de los Acuerdos.

Institucionalidad, un requisito primordial para el ejercicio democrático y la gobernabilidad, implica respeto a las leyes y aplicación de las mismas para todos los ciudadanos, independientemente de quién se encuentre al frente de éstas.

Pero la institucionalidad fue mancillada repetidamente durante este proceso. Primero por el jefe del Ejecutivo, durante la campaña, durante las elecciones, durante el recuento de votos y aún después. Más allá de su rol en la campaña, señalado repetidas veces, el jefe del Ejecutivo se creyó con la atribución de declarar al ganador de los comicios por San Salvador, vistiendo los colores de su partido, justo el día en que, como presidente de la República, estaba obligado a actuar en función de los intereses del Estado defendiendo la democracia y la institucionalidad. Cegado por sus ambiciones partidarias, el presidente se olvidó de su cargo.

Más allá, invitó a los partidos politicos a negociar con él, jefe del Ejecutivo, la composición de la junta directiva de otro órgano del Estado, el legislativo. El mandatario ha demostrado, en los últimos meses, una excesiva ambición por acumular poder. Ha sido, durante la campaña de su partido, uno de los principales artífices de la polarización y la instrumentalización política de los problemas del país, como la violencia, la delincuencia y la pobreza, que siguen a la espera de soluciones reales. Los funcionarios públicos que pertenecen a su partido lo han dejado hacer, ajenos también a sus obligaciones con el Estado.

El Tribunal Supremo Electoral, que ya nació truncado desde que se acordó su composición por representantes de partidos politicos y no por ciudadanos independientes, aprovechó estas elecciones para demostrar los riesgos de no contar con una autoridad creíble y transparente, y puso al país al riesgo de un enfrentamiento con consecuencias más graves que las registradas en las afueras del Hotel Radisson. No ha sido poca cosa volver a escuchar acusaciones de fraude. Se trata de señalamientos muy serios que se creían superados tras la firma de los Acuerdos de Paz. Y más allá de San Salvador, muchos de esos señalamientos tienen sustento en la movilización de electores de otros municipios, la compra de votos o los votantes múltiples a los que el TSE, al igual que hizo con las campañas adelantadas de los partidos politicos, ha preferido no sancionar.

Las irresponsabilidades de ARENA pasan por las acciones de su presidente, el de la República, Antonio Saca. Las del FMLN corren por su propia cuenta. Cantó victoria irresponsablemente el 12 de marzo en San Salvador, cuando la contienda era tan cerrada que era imposible prever, con la tercera parte de las actas escrutadas, un triunfo que terminó siendo de apenas 44 votos. Arengó a sus bases a defender un triunfo que en ese momento no tenían, y calentó los ánimos en momentos en que el país salía de una etapa de proselitismo que se destacó por la violencia y el enfrentamiento entre militantes de distintos partidos politicos.

Si ARENA y el presidente han jugado a la polarización, el FMLN ha seguido el juego. Politicamente, como demuestran los resultados, el juego les ha sido rentable. Pero si tuvieran una minima noción de responsabilidad se darían cuenta de que han estado al borde de desatar un caos que no tenía sentido.

Basta ver los procesos en los países de Europa Oriental para saber que tienen mucho mayor impacto, y mucha mayor aceptación, las protestas pacíficas y las marchas multitudinarias silenciosas, con veladoras en vez de pistolas y con pancartas en vez de capuchas. Han sido capaces de derrumbar regimenes como el ucraniano, o de lograr la independencia del bloque soviético como sucedió en Estonia. Ya no digamos una elección municipal.

Pero los líderes del Frente enviaron a sus militantes más aguerridos a tomarse el hotel Radisson, y luego culparon a la policía de agresión. La policía, esta vez, se dedicó a defender las puertas de una propiedad en la que se llevaba a cabo un proceso electoral, y que no tenía por qué dirimirse con pedradas ni balas como las que se vieron en la manifestación.

Hemos llegado a un punto peligroso, y es necesario, urgentemente, que los líderes moderados, responsables y verdaderamente democráticos tomen el liderazgo en sus partidos politicos. Que la cordura sustituya a los caprichos, a la imposición y al irrespeto a la ley.

No podemos permitir nunca más que un proceso electoral quede en entredicho, que un presidente se olvide de su mandato o que abuse de él con intereses partidarios, o que un partido politico decida presionar con violencia para obtener lo que cree merecido. La única manera de evitarlo, la única, es la consolidación de las instituciones, que pasa necesariamente por la vocación democrática y el interés nacional de nuestros representantes en el legislativo, el ejecutivo y el judicial.

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