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OPINION / SOBRE EL TABLERO
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La Proclama de la Fuerza Armada se hizo sobre la base del proyecto elaborado por el padre Ignacio Ellacuría. (Ver columna 12 dic.05). Aunque se tuvo a la vista los otros dos. La Junta se constituyó el 18 de octubre 1979 recibiendo un reconocimiento internacional inmediato. Esto fue debido a su programa de reformas y al propósito de apertura, diálogo y negociación manifestado. Y por el compromiso de respeto estricto a los derechos humanos anunciado. Así mismo, recibió un fuerte respaldo interno por parte de numerosos sectores nacionales, incluyendo de la empresa privada. Excepción hecha por parte de las fuerzas revolucionarias de la izquierda que atacaron a ésta de muy diversas maneras y formas, sin tregua, hasta el final.
El 22 de octubre 1979 se constituyó el Gabinete de Gobierno. De estructura ampliamente pluralista, éste era un ensayo de diálogo en sí mismo. La mayoría eran de izquierda, que encabezados por el doctor Guillermo Manuel Ungo e ingeniero Román Mayorga Quirós tenían en el Gobierno la voz cantante. No menos importante era la representación de la empresa privada. Con su líder, el ingeniero Mario Antonio Andino, personificaban la dinámica empresarial progresista, humanitaria, necesaria en El Salvador. Trabajaron duro. En corto tiempo hicieron mucho. En lo particular, me impresionó esta entrega.
No se incluyó en la Proclama algún apartado referido a la Reforma Militar. Cosa urgente y que, dicho con el realismo del caso, era de lo más importante. De nada servía hacer castillos en el aire si esta fuerza, sin la preparación debida, no podría caminar al ritmo de la letra y música de la Proclama. Dio problemas desde un principio. Y había sido la razón o motivación principal dentro del gremio, para el golpe. Horas y horas perdimos en la Junta, que éramos la Comandancia General, poniéndonos de acuerdo sobre un programa emergente a este respecto. Sin aterrizar en nada. Se dejó de lado produciendo un enorme vacío de poder. Pesaría como un lastre. En consecuencia, el mando militar fue absorbido poco a poco por el Ministerio de Defensa. Y por la línea dura, siempre tentada a querer resolver los problemas nacionales por la fuerza bruta.
Hace poco, en octubre de 2005, con motivo del 26º. Aniversario de aquel evento, El Faro me preguntó: ¿qué cambiaría ahora si volviera a vivir aquel momento? En otras palabras, ¿que errores corregiría para que el proyecto hubiera salido bien? Sin dudarlo actualmente contestaría que el asunto de las Fuerzas Armadas. Esa era verdaderamente la prioridad. Asignando a esta fuerza un rol aceptable y una nueva preparación urgente. Era el momento, había disposición. El 15 de octubre sólo era la materia prima con que trabajar. Para lo que era indispensable y apropiado naturalmente un marco político como el de la Primera Junta que se había formado. Y llevar adelante el plan.
En otras palabras, antes de las reformas económicas, un acuerdo firme nacional y la preparación de los ejecutantes para el cambio era de lo más importante. La institución militar también necesitaba drásticos cambios. Era cuestión de orden práctico. Cualquier proyecto, posteriormente, habría caminado con mayores posibilidades de éxito.
Pese a las desventajas mencionadas, con todo, la Primera Junta parecía que iba a funcionar. Jamás, por otro lado, imaginé ver surgir una diversidad de puntos de vista radicalizados y dogmáticos agudizándose dentro del medio nacional. Cierto es que cada cabeza es un mundo. Pero en aquel momento, tal cosa dio lugar a posiciones extremas. Cada quien quería imponer su visión de las cosas. En el caso particular, era admirable el arrojo, la fe, la valentía de las fuerzas de la izquierda. Pero con ideas fijas, poco flexibles, poseídos además de un extremo triunfalismo, revestía caracteres de fanatismo. Sólo ellos tenían la razón. Sólo ellos representaban al pueblo. No variarían para nada sus propósitos de hacer una revolución socialista en El Salvador, y con ello la insurrección, aunque se presentaran oportunidades de solución. La derecha fue tomada por sorpresa. Desprevenida, reaccionaba lentamente.
En lo que se refiere al Gobierno, no hay duda de que el Gabinete era de lujo. Costó organizarlo y se puede decir que no llegó a funcionar. Había en éste hombres con capacidad para los asuntos económicos, muchos procedentes de organismos internacionales en donde dejaron sus puestos bien remunerados. En realidad, el proyecto había despertado esperanzas. Creó expectativas nacional é internacionalmente. No terminaban aún los miembros del Gobierno de poner los dos pies en Casa Presidencial, cuando la Junta fracasó. ¿Por qué razón? ¿Qué causó dicho traspiés? ¿Cómo afectó al país? Estas han sido siempre las preguntas. Y siempre han sido dadas explicaciones muy simples. Tiempo es de puntualizar cosas que vayan más a fondo.
Diciembre fue especial. En medio del ambiente festivo de las celebraciones de fin de año, las presiones por parte de la izquierda, dentro y fuera del Gobierno, para iniciar las reformas, se incrementaron. Tomaron proporciones inusitadas. Se presionaba para que se hicieran, ¡ya! ¡En ese mismo instante! Por medio de la pura emisión de leyes porque, la realidad, al no haber preparativos adecuados, seguiría siendo la misma. De pobreza. El 7 de diciembre, por medio del Decreto 43, se declaró la Congelación de Tierras. Paso previo para la Reforma Agraria. Creó un ambiente de tensión é inquietud; y extrañamente, dentro de los mismos miembros de la izquierda del Gabinete que era quienes presionaban por éstas.
¿Golpe de Estado otra vez? En este orden de ideas, a mediados de diciembre, siempre miembros de la izquierda del Gabinete promovían la idea de un nuevo golpe de Estado. Un alto funcionario del Gobierno de este sector habló privadamente conmigo proponiéndome dicha aventura. “Se necesita un nuevo golpe de Estado. Tenemos que hacerlo.” Expresó tratando de convencerme. Para lo que llevó la visita también de otro funcionario igualmente de alto nivel en la Corte Suprema de Justicia. Este explicó las implicaciones legales del caso. La aparente facilidad con que se había efectuado el 15 de octubre, hizo pensar, no una vez sino varias, acerca de la posibilidad de adoptar de nuevo este tipo de soluciones.
Ciertamente que había participado en uno, excepcionalmente. Pero no para estar en eso todos los días. Rechacé la propuesta de inmediato. Tal cosa habría hundido al país en una secuencia de golpes de Estado, en un caos como lo ocurrido en otras partes del mundo en situaciones similares. Grande sería la decepción que causé al refutarla. Se efectuaron igualmente reuniones ocultas lideradas por miembros de la izquierda gubernamental. Fueron síntomas, entre otros, de que una crisis se estaba urdiendo.
La situación, vista desde la actualidad, era muy simple. La izquierda se empeñaba en una guerra que venía preparando por etapas, sistemáticamente a través de toda la década. Y en tal momento tiraba sus dados al azar. Camino, dicho sea de paso, que más bien era estimulado desde afuera. Si el Gobierno de la Primera Junta tenía éxito, daría al traste con la insurrección. Algún experimentado y doctrinario estratega dentro de la izquierda comprendió bien este asunto. Y no iban, por tanto, a permitirlo. Faltaría el pretexto, el incidente, que no sería difícil producirlo.
La mayoría de comandantes integrantes del mando militar eran hostiles, no se puede negar, a la izquierda del Gabinete. No simpatizaban con la Primera Junta ni con las reformas. Formados mentalmente para otra época, no eran propicios para el nuevo régimen predominando en ellos las viejas costumbres. La Fuerza Armada en general tenía esa tendencia. Pero no menos agresivos, eufóricos y faltos de voluntad, actuaban también algunos funcionarios de izquierda, quienes, en el corto tiempo que duró esta Primera Junta, jamás estuvieron en paz. El 20 de diciembre, con el Decreto No. 75, se nacionalizó el Comercio Exterior del Café. Causó revuelo, mucha inquietud entre los empresarios. Y de nuevo, asombrosamente, entre los mismos líderes de la izquierda del Gabinete. Con estas medidas sin querer se echaba leña al fuego de las luchas por el poder. Oscureció el panorama de la Primera Junta.
Así llegamos al 27 de diciembre. Para limar asperezas y malos entendidos, propuse una reunión conjunta entre civiles y militares. Una vez aceptada se llevó a cabo en Casa Presidencial. El fin era acercarlos. ¡Y ardió Troya! Difícil fue detenerlos. La emotividad llevó a actitudes inadecuadas por ambos lados. Un enfrentamiento verbal de tipo juvenil surgió entre jefes militares y miembros de la izquierda arrastrando a todos. El altercado se desarrolló principalmente entre Daniel Martínez Uribe, Salvador Samayoa, Mario Zamora, Luis Buitrago versus Eugenio Vides Casanova, Nicolás Carranza, Guillermo García, “Chico Ejote” Morán y partidarios. Vides Casanova, convertido en portavoz de los comandantes, tomó una actitud prepotente. Dijo cosas inadecuadas, comparables solo a quien saca las botas de combate, la mochila y el fusil disparando a todos lados para derribar las lámparas de colores que iluminaban Casa Presidencial.
No mucho tiempo después: “Pónganse de este lado los de la izquierda, aquí los del centro y de este otro lado los de la derecha.” Decían Rubén Zamora y Enrique Álvarez Córdova, en el Ministerio de Agricultura –MAG- presidiendo una reunión que amenazaba con renuncias. Se sentían ofendidos, manifestaban, por las palabras de Vides Casanova. Y como consecuencia, emplazaban a la Junta para que cumpliera una serie de demandas difíciles de cumplir. Las exigencias fueron más allá. Sin motivo ni razón alguna, pidieron la renuncia no solo del Alto Mando Militar, sino que del ingeniero Mario Antonio Andino, miembro de la Junta, quien no tenía vela en ese entierro. Por el contrario, había demostrado capacidad y madurez propagando un espíritu conciliador. También se pidió la renuncia del resto del Gabinete quienes no los habían apoyado en sus demandas.
“Tenemos que renunciar.” Como Catalina en el senado romano, una y otra vez decían estas palabras los enardecidos disidentes en el MAG. Entre ellos, el doctor Guillermo Manuel Ungo, experimentado político. Estuve allí, de mi parte, esforzándome por reconvenirlos para que regresaran a sus puestos. Respondiéndome ellos que lo iban a pensar. Surgían interminables discusiones. Rubén Zamora, diligente, atento, pasaba el bolígrafo a los presentes para que firmaran el emplazamiento. Y luego para que firmaran las renuncias. Asistían a estos debates no sólo miembros del Gabinete, sino personajes ajenos al mismo. Estos eran quienes más incitaban a terminar con el proyecto de la Junta.
Simultáneamente al desarrollo de esta crisis, los militares iniciamos conversaciones con miembros de la Democracia Cristiana. El propósito era el de formar un nuevo Gobierno, si el anterior fracasaba, siempre de participación. Es importante resaltar que conocidos Demócrata Cristianos, como Rubén Zamora, sabían de estas negociaciones. Y las apoyaban. Sin embargo, era uno de los principales en el grupo disidente propiciando las renuncias. Participaron en las reuniones para formar un nuevo Gobierno, Napoleón Duarte, Héctor Dada, Fidel Chávez Mena y Antonio Morales Erlich entre otros. Llevadas a cabo principalmente en la Escuela Militar.
No dejo de insistir por todo lo anterior, y por lo que constaté personalmente, de que la crisis fue ficticia, provocada. Tuvo, como generalmente ocurre, causas aparentes y causas reales. Las aparentes son las que han predominado en la opinión pública. Me aferro a esta idea ahora más que antes con la gran convicción de que estoy en lo correcto. Basándome en lo que viví. En las conversaciones que sostuve con funcionarios envueltos en el incidente, de la izquierda incluso. Peores cosas ocurrirían después que hasta dan escalofrío. Y sin embargo, quedaron impunes, sin consecuencias. Por el contrario, resueltas en fraternal abrazo como si nada hubiera pasado. Lo de fraternal no es nada malo. Interesa en este comentario hacer el contraste.
La Junta cayó y con ello el proyecto de reformas y diálogo. Fue como decir, de aquí para allá la guerra. Produciendo una fatídica desgracia que costaría mucha sangre inocente. Aún así, en 1980 con la abierta caja de Pandora de las pasiones é intransigencias desatadas, la esperanza de negociación y solución real en todo momento estuvo presente. Habrá más de una oportunidad para tratar este importante tema, tan verdadero como otros ocurridos en El Salvador. De este modo el 15 de octubre fue una oportunidad perdida al no poder detener el conflicto. Sin embargo, tuvo avances de significación por otro lado.
La caída de la Primera Junta dio alas a la línea dura militar, y a las posiciones de derecha extrema intransigente. Coincidirían con la izquierda sobre todo en sus propósitos de oponerse a las reformas. En el interés de ambos para que se desatara una fuerte represión. Lo que ocurrió.
Después de doce años de guerra y de andar de la seca a la meca, se adoptarían las soluciones propuestas en octubre de 1979. Fecha en que no pudo debidamente realizarse tan ambicioso é ideal programa, dado el ambiente hostil, de agresividad y de boicot a que se vio sometido el proceso. Bien dice el dicho: “No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír.”
Cuadro sinóptico del final de la crisis. Firmaron la renuncia como disidentes: Junta – 2; Ministros – 8; Subsecretarios – 11; Autónomas – 8; Corte Suprema – 4. Total: 33. No firmaron la renuncia o se oponían a ésta. Por el contrario, apoyaron al Gobierno: Junta: 3; Ministros – 11; Subsecretarios – 5; Autónomas – 8; Corte Suprema – 11. Total – 38.
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