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OPINION / LA BUHARDILLA

Defendiendo el liberalismo de las precariedades conceptuales

Federico Hernández Aguilar*
cartas@elfaro.net
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La lucha ideológica implica, en esencia, contrastar conceptos. Asumiendo que comprender los fundamentos de un ideario es acceder a la suma de sus posibilidades prácticas —entendidas como el resultado ideal de su aplicación en el terreno de la política—, contribuir a subsanar el vacío conceptual que ha generado la interpretación ligera de ciertos postulados es emprender una labor reivindicativa, tanto más urgente por cuanto menos sometida se encuentre a determinados intereses y coyunturas.

Aunque es evidente que las correctas aplicaciones no son producto espontáneo de la sola comprensión de las ideas, nadie discutirá que la claridad conceptual es condición indispensable para ejercer una acción honesta y coherente.

Los idealismos imprácticos y las utopías defensivas se han abierto paso en el mundo a través de elaboraciones filosóficas que no alcanzan a justificarse por sí mismas. De hecho, y a todo lo largo del siglo XX, el desconocimiento de los términos básicos —de ese “andamiaje conceptual” que ilumina los idearios—, favoreció las visiones hemipléjicas de las más importantes doctrinas sociales y económicas, provocando serias confusiones y no pocas inconsecuencias de orden histórico.

En Latinoamérica, la víctima más ilustre de esta precariedad ha sido, sin ninguna duda, el liberalismo.

Pese a tener de su lado un andamiaje filosófico robusto y unos fundamentos económicos enraizados en los más abarcadores conceptos de libertad y derecho, legitimar teóricamente muchas de las aplicaciones liberales no ha constituido una tarea de fácil abordaje, incluso en casos demostrablemente exitosos. Ello se ha debido, en parte, a que el liberalismo no propone dogmas.

Los liberales adoptamos como necesarias las realidades que otros idearios tienden a soslayar y hasta coartar, incluyendo la crítica sistemática a nuestros principios. No podemos ser excluyentes, porque jamás pretendemos la inclusión inequívoca de nada. La permanente posibilidad de ser libremente desafiados constituye la mejor garantía de nuestra libre defensa, y, si estamos equivocados, de nuestra oportuna corrección.

No buscamos esconder la perpetua tensión que existe entre los principios liberales y la práctica de la democracia, porque no nos mueve el propósito de construir sociedades perfectas. Entendemos que los acuerdos voluntarios que surgen de las actividades pacíficas de la sociedad civil se extienden con dificultad al campo de la política, desde el que se han ensayado, con muy diversa fortuna, toda suerte de mecanismos de participación ciudadana en el ejercicio de la soberanía. Por esta razón, compatibilizándolos con las contradicciones humanas, no vemos inconveniente alguno en aceptar que el conocimiento y comprensión de los conceptos liberales son susceptibles de ser aplicados atendiendo circunstancias y entornos muy precisos.

“El liberalismo”, sostiene Carlos Alberto Montaner, “es un modo de entender la naturaleza humana y una propuesta para conseguir que las personas alcancen el más alto nivel de prosperidad potencial que posean (de acuerdo con los valores, actitudes y conocimientos que tengan), junto al mayor grado de libertad posible, en el seno de una sociedad que ha reducido al mínimo los inevitables conflictos”.

Desde esta perspectiva, los continuos ataques al liberalismo como una doctrina “economicista” no sólo tergiversan el verdadero espíritu liberal, sino que desnudan a los enemigos del mercado en su imposibilidad de producir una alternativa convincente. Tampoco es verdad, por otra parte, que los liberales propongamos un Estado débil para defender su reducción, ni que abjuremos de las tradiciones morales y culturales como una consecuencia directa de nuestra defensa de la libertad. Para poner un ejemplo, los mismos liberales católicos que generalmente leemos con beneplácito las posturas económicas de Mario Vargas Llosa no encontramos en su célebre agnosticismo nada digno de ser compartido.

En la presentación a su libro Nuevos ensayos liberales —esclarecedora referencia bibliográfica que me gusta recomendar a quienes desean incursionar, sin concesiones gratuitas, en los fundamentos clásicos del liberalismo— el académico español Pedro Schwartz acomete el tema de la definición de nuestras ideas de la siguiente manera:

“Siendo para mí la Filosofía el intento de resolver problemas reales por medio de prudentes generalizaciones basadas en conocimientos más concretos y empíricos, entiendo el Liberalismo como una doctrina filosófica de la que penden propuestas políticas y económicas, y no una burda ideología del enriquecimiento. Siempre lo he concebido como un sistema compuesto por elementos dispares que lo hacen inestable y lo ponen en continuo peligro de decadencia y desaparición, y no como un grosero progresismo avasallador. El liberalismo democrático que analizo y defiendo se halla, por lo tanto, en las antípodas de ese «neoliberalismo» hegeliano y triunfal que nos atribuyen los enemigos de la sociedad abierta”.

Intelectualmente franca, esta audaz referencia de Pedro Schwartz a su concepción de liberalismo revela cuán desdibujada ha sido esta doctrina por la ignorancia y la oposición fanática, cuando no por la lectura interesada de quienes se proclaman sus parciales.

Por una parte, los liberales seguimos siendo perjudicados por la costumbre política —electoralmente cada vez menos rentable, gracias a Dios— de exhibir los errores del contrario con la pretensión de vigorizar los aciertos propios, como si se tratara de una operación inversamente proporcional. Por otro lado, la doctrina que mayor influencia ha tenido sobre las democracias modernas ha sido ineficazmente defendida, a veces con la complicidad de quienes siempre quieren instrumentalizarla, pero también a expensas de una pereza intelectual que roza la negligencia, sobre todo en aquellos que gozan de los beneficios de la libertad sin por ello interesarse en combatir su permanente vulnerabilidad.

*Escritor


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