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OPINION / ESO NO SE DICE El abismo entre la abstinencia y el uso condón (Parte I)Omar Baños
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El virus de inmunodeficiencia humana (VIH) se ha esparcido por todo el mundo. Durante 25 años se han implementado diferentes estrategias para reducir el número de nuevas infecciones. Pero a pesar de que algunos países (como Kenya y Zimbabwe) muestran que la prevalencia del VIH ha disminuido, el número de nuevos casos de VIH en el 2005 en todo el mundo es de 5 millones, según reportó la Organización Mundial de la Salud. Se han implementado una gama de programas, desde abstinencia solamente hasta programas de promoción del uso correcto del condón.
Por un lado, los escépticos señalan que los nuevos casos de VIH son muestra del fracaso de las diferentes intervenciones liberales de la educación sexual y la promoción del condón. Pero el otro lado de la moneda entiende que los nuevos casos de VIH muestran un éxito de las intervenciones ya que han desacelerado notoriamente la epidemia. ¿Qué habría pasado si ningún tipo de intervención se hubiese implementado? ¿Cuántos millones más estuvieran(mos) viviendo con VIH?
Durante los primeros años de la epidemia, el VIH se comprendió como una infección que afectaba a grupos y comunidades específicas. Se crearon mensajes con tonos imperativos que ordenaban a la gente que no hacer. A los hombres homosexuales se les dijo que no tuvieran penetración anal receptiva sin usar condón, que redujeran el número de parejas sexuales, que fueran monógamos y que no tragaran semen. A los usuarios de drogas endovenosas se les dijo que no compartieran jeringas con nadie y que de paso dejaran el vicio. A los(as) trabajadores(as) del sexo se les ordenó utilizar el condón en cada encuentro sexual con cada cliente y que mejor se dedicaran a vender tomates en lugar de vender sexo.
Estos fueron los grupos más afectados al inicio de la epidemia. Sin embargo, ésta se fue transformando sigilosamente ante nuestros ojos. Hace más de una década nos enteramos que también las mujeres (amas de casa) y los jóvenes (sin importar su orientación sexual) pasan a la palestra del VIH. En realidad se había hecho poco trabajo de educación con estas poblaciones, porque se pensaba que no estaban en peligro de infectarse.
A la larga, las consecuencias han sido graves. En la actualidad, la mitad de las nuevas infecciones son entre personas jóvenes entre las edades de 15 y 24 años, y dependiendo de las regiones o países las poblaciones son mujeres jóvenes (por ejemplo: Centro América), hombres gay (por ejemplo: Estados Unidos y México) y usuarios de drogas endovenosas (por ejemplo: España y Brasil).
Como en los viejos tiempos, el trabajo de prevención del VIH en la actualidad ha enfrentado desafíos desgastadores, sobre todo en el trabajo con la población de jóvenes. Antes, la manzana de la discordia entre grupos liberales y conservadores era (y sigue siendo) el hablar de sexo entre hombres, de reducción de daño con usuarios de drogas y del uso del condón con trabajadores sexuales. Por moral, pura moral (pero no moral pura), los grupos religiosos conservadores se han empeñado en minar el trabajo de prevención del VIH que es franco, directo y sin pelos en la lengua, que no sataniza al sexo, ni censura información.
Antes, el argumento de oposición era que no se debería de promover la homosexualidad, ni la promiscuidad, ni la iniciación sexual a temprana edad en los programas de prevención. Ahora, el caballito de batalla en contra del trabajo de prevención comprensivo es la abstinencia solamente. Esto ha abierto un abismo innecesario entre la efectividad de la abstinencia y la efectividad del uso del condón, divorciando a las dos intervenciones cuando deberían construir puentes entre sí, para lograr mejores resultados.
Los programas de abstinencia socarronamente hablan del condón, solamente para inferir que no sirven para reducir el riesgo de transmisión de ITS y VIH. En lugar de hablar del 86% de efectividad, hablan del 14% de falla de la barrera de látex. El vaso, en lugar de presentarlo medio lleno, lo presentan medio vacío. Además, a su enseñanza le agregan una pizca de ideología y política para concluir que los que promueven el uso del condón en realidad sólo buscan controlar la natalidad y promover el libertinaje sexual, prácticas sexuales irresponsables, inmoralidad y degenere.
La abstinencia tiene su mérito y sus logros. Sin embargo, la falta de comprensión de los diferentes contextos sociales de los diferentes grupos limita su efectividad. Las energías que invierten en descalificar a otros programas de educación sexual más abiertos deberían de invertirlas en mejorar sus propios programas de prevención.
En lo personal, lo más preocupante es el trasfondo político-religioso-moral subyacente en la abstinencia: Que el sexo monógamo dentro del matrimonio, sin el uso del condón, es la única herramienta de protección para evitar la infección de ITS y el VIH.
(Parte II continuará en la próxima edición; hablaré
sobre la falta de respaldo científico de los programas de abstinencia
solamente y las alternativas de programas de abstinencia y más).
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