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Entregas de El Folletín

Doble de tigre

Novela por entregas de Geovani Galeas

Décima  Entrega

Tercera de Lucas Ponce

Pensé que se trataba de una trampa de la Seguridad del Estado para sonsacarme información mediante un suplantador. Aquél enredo ya me tenía cansado y así se lo dije abiertamente al falso Brannon. Entonces el tipo rompió en una carcajada y me explicó lo de su cirugía facial, usted sabe. Acto seguido agarramos camino para donde una su dama que él tenía allá por el parque de H y 21, una actriz guapísima de apellido Portuondo, según me acuerdo. Porque él vivía en Alturas del Vedado, en J y 163, si no me equivoco, muy cerca del Habana Libre.

Allí, al amparo de unas botellas de ron, y cuando aquella reverendísima hembra que era la Portuondo se despidió diciendo que tenía que hacer no sé qué vueltas en el Instituto de Cine, nos abrimos de capa los dos y medio aclaramos las cosas.

Y si digo que medio las aclaramos es porque la situación en que tanto él como yo nos encontrábamos metidos, en mi caso sin saberlo ni sospecharlo siquiera, era un enredijo de malentendidos que suerte tuve de que en la Seguridad del Estado no terminaran fusilándome en calidad de agente del enemigo.

Resultaba que el dichoso asalto al banco en el que yo participé había sido reivindicado públicamente por la organización de Rabachol, que justo a partir de esa operación comenzó a llamarse Ejército Revolucionario, sin que yo me diera cuenta de ello durante mi periplo europeo. Y eso no cuadraba, a los ojos de los cubanos, con el hecho de que yo me hubiera presentado como gente del doctor Figuereido. Los cubanos, que en efecto tenían un acuerdo con éste, influenciados por el informe que Brannon les había entregado, consideraban a Rabachol punto menos que un agente de la CIA, y eso explicaba el tratamiento que me dieron.

Informado de la contradicción, y mientras yo estaba detenido, Brannon había viajado a Chile para aclarar las cosas con el doctor Figuereido. En el encuentro entre ambos quedó en claro lo siguiente: cuando los militares se tomaron la universidad, el doctor Figuereido se vio obligado a salir del país precipitadamente, dejando la jefatura de su grupo a cargo del Perico Torres. Cuando todos nos dispersamos, el Perico se vio acorralado por las circunstancias y optó por pactar una fusión con la organización de Rabachol. Silvana y el Germán ya habían dado ese mismo paso pero a título personal. De tal manera que cuando el Perico me recontactó en mi pueblo y me involucró en lo del banco, sin decirme como estaba todo el negocio, por aquello de la compartimentación, yo estaba integrándome sin saberlo al Ejército Revolucionario de Rabachol, ¿me explico?

Figuereido había dejado con el Perico la jefatura pero también los contactos. Por eso fue que cuando a mí me identificaron los militares, el Perico decidió enviarme a La Habana basado en el acuerdo que los cubanos tenían con el doctor Figuereido, pero no con Rabachol, ¿me entiende? Ahora bien, lo del informe en que Brannon había puesto por los suelos a la organización de Rabachol se explica de la siguiente manera: el acuerdo entre los cubanos y el doctor Figuereido había tenido lugar en 1969, poco después de la ruptura entre Pável Brannon y el Turco. Así fue como Figuereido nombró a Brannon como su representante oficial en La Habana.

Cuando a Rabachol le salió mal lo del secuestro del millonario y todo mundo, incluido el Turco, se fue en la finta con la leyenda negra inventada por la policía, Figuereido se hizo eco de esos rumores y se los pasó al costo a Brannon, que a su vez se los remitió a la inteligencia cubana. Pero en el sinceramiento en Chile, Figuereido reconoció que esos rumores eran falsos ya que Silvana, que era su discípula predilecta y más avanzada, se lo había garantizado. Y reconoció además que su grupo había dejado de existir y que, en todo caso, creía que lo conveniente era que los cubanos y el propio Brannon trasladaran la confianza y los acuerdos hacia Rabachol.

Pero aparte de todo eso estaba el enredo particular que Brannon se traía con los cubanos, y que no era menos laberíntico. Todo lo cual tenía que ver con que mi viaje de San Salvador a La Habana se hubiera retrasado tanto, y con que los agentes cubanos que me habían interrogado me aseguraran, primero, que Brannon ya no residía en La Habana y, segundo, que había traicionado a la revolución. Se lo cuento tal como me lo relató el mismo Brannon aquélla noche, en casa de la Portuondo, ya bastante entrados en copas los dos, y él profundamente dolido hasta las lágrimas.

Resulta que, entre otras funciones, Brannon fungía como un anfitrión para los intelectuales que visitaban la isla. En esa calidad le había tocado atender a un grupo de escritores latinoamericanos convocados para formar parte del jurado del Premio Casa de las Américas. Entre ellos estaba Ernesto Cardenal, poeta y sacerdote de la orden Trapense, usted lo sabe. Brannon lo había movido por toda la isla mostrándole el lado rosa de la revolución, pero no era eso lo que a Cardenal le interesaba. Él quería conocer personalmente la situación de los grupos disidentes, establecer contacto con católicos, jipis, homosexuales, poetas marginados y toda laya de lo que en la isla se le llama gusanera. Eso era un asunto delicado y Brannon pidió indicaciones a Roberto Fernández Retamar, que era quien decidía en todo lo concerniente al frente cultural. Brannon lo consideraba su mejor amigo cubano, su hermano del alma.

A Retamar no le cayeron en gracia las exigencias de Cardenal, que por aquel tiempo, 1970, no se había vinculado con los sandinistas, y más bien le parecieron sospechosas. Sobre todo porque (y eso Brannon no lo sabía, pero le fue informado en ese momento) Cardenal era portador de una petición del Arzobispo de Managua, en el sentido de interceder a favor de un nicaragüense preso en Cuba bajo la acusación de ser agente de la CIA. De modo que lejos de acceder Retamar le pidió a Brannon que tratara de ganarse la confianza del cura y le sonsacara información sobre sus verdaderas intenciones.

Por supuesto, el informe de Brannon, como ya había sucedido en otras ocasiones y respecto de otros intelectuales, sería debidamente procesado por la Seguridad del Estado. Brannon hizo su trabajo y redactó un informe en que básicamente decía lo siguiente: una de tres, o Cardenal es un místico idealista, o es un político muy hábil y sutil que navega con bandera de bobo, o de plano es un agente de la CIA.

Pero como el cura siguiera insistiendo en sus peticiones, colocando a Brannon en una situación bastante incómoda en el sentido de obligarlo a justificar una y otra vez las negativas de las autoridades revolucionarias, Brannon, le dijo a Retamar, al parecer demasiado enfático, que finalmente si la revolución no tenía nada que esconder le parecía una tontería no dejar que Cardenal se reuniera con cuanto gusano se le antojara.

El problema es que eso lo dijo ya con más de cinco rones entre pecho y espalda. Retamar se irritó y respondió que Brannon no era nadie para indicar lo que tenía que hacerse y que en todo caso serían ellos, los cubanos, los que decidirían el asunto.

Entonces también Brannon, herido en su amor propio porque se sintió excluido como un simple extranjero, se encabritó y replicó que lo que sucedía es que Retamar no tenía los suficientes cojones para enfrentar los problemas. Total que los dos se hicieron de palabras fuertes, se insultaron, y Brannon terminó diciendo que quizá Pablo Neruda había tenido razón cuando en una célebre carta abierta le había negado a Retamar el título de poeta, reduciéndolo a la condición de simple sargento.

Brannon, lamentablemente borracho según lo reconoció en amarga autocrítica, terminó renunciando ahí mismo y a gritos a sus cargos oficiales, y mandando muy a la mierda a todos los burócratas de la revolución. Al día siguiente se le informó que, en efecto, quedaba fuera del juego y ninguno de sus grandes amigos adscritos a la burocracia cultural cubana le quisieron responder el teléfono. Después de ser prácticamente un príncipe en los círculos del poder político, en el olimpo de los intelectuales revolucionarios, en las calles y en los bares de La Habana, el hombre pasó a ser un apestado.

Fuera de control por el shock que la situación le produjo, se puso a beber desaforadamente. Para acabarla de rematar, por esos días murió uno de sus más entrañables amigos, el compositor y cantante Ignacio Villa, un negro obeso y enorme, inmenso en todos los sentidos, y a quien todo mundo llamaba Bola de Nieve. Brannon tuvo la fatal ocurrencia de presentarse al velatorio en estado harto inconveniente, con tan mala suerte que fue a encontrarse en condiciones tan deplorables con el pleno de la máxima jerarquía de la revolución cubana. Y el mismísimo Caballo, Fidel Castro, presenció aquel sórdido espectáculo.

Además, por ese tiempo Brannon andaba entusiasmado porque uno de sus más hondos anhelos estaba a punto de cumplirse: irse por fin a la guerrilla, a la montaña, a la revolución de verdad. El trato estaba ya casi cerrado con Carlos Fonseca Amador, el comandante de los sandinistas, pero su informe sobre Cardenal había trascendido de algún modo y los sandinistas, que entonces andaban enamorando al cura–poeta para que los cobijara bajo su enorme prestigio internacional, se dieron por ofendidos y terminaron mandando a Brannon al carajo.

Con todo, Brannon tenía un protector que no lo desamparó en esa hora triste... No, no me refiero al Santo Niño de Atocha que él siempre sacaba a colación medio en broma y medio en serio, no. Me Refiero a Barbarroja, todopoderoso en los aparatos de la inteligencia cubana.

De modo que Brannon, previa carta de desgarradora autocrítica remitida al comité central del Partido Comunista Cubano, fue puesto en contacto con el doctor Figuereido, quien lo invitó a sumarse a su grupo en calidad de miembro de la jefatura. Aquélla era una operación secreta, por supuesto, como todo lo que tiene que ver con Barbarroja, y en consecuencia Brannon fue clandestinizado en La Habana. Esto es importante que usted lo entienda claramente: Brannon, al igual que yo mismo, no se sumó inicialmente a la organización de Rabachol sino a la agrupación incipiente y sin nombre del doctor José María Figuereido.

Públicamente, y sin dar mayores explicaciones, se dijo en Cuba que había salido del país, pero en realidad había ido a ponerse en forma al supersecreto campamento Punto Cero donde el comandante Benigno entrenaba a los contingentes revolucionarios llegados de todos los países de América Latina. De allí fue trasladado a Santa Clara por los gemelos de la Guardia, con el objeto de que se sometiera a la cirugía facial que le permitiría entrar a El Salvador.

El problema fue que una asistente de Retamar llamada Genoveva Daniel, que obviamente no estaba al tanto de la operación clandestina, hizo correr el rumor de que Brannon había desertado de la revolución y se había sumado al grupo de escritores que, bajo la dirección de Mario Vargas Llosa y financiados por la CIA, según se aseguraba, habían montado una feroz campaña de desprestigio contra la revolución cubana.

Ese rumor creció y desbordó muy pronto los corrillos intelectuales, hasta que se concretó en forma de una pequeña nota publicada en las páginas del Granma. Fue precisamente por esas fechas que yo llegué a la isla. Los dos agentes que me habían interrogado eran cuadros intermedios de la seguridad y, evidentemente desinformados, se habían tragado entero el falso rumor. Luego, como ya lo sabe, tuvo lugar el viaje a Chile, la aclaración de Figuereido y mi encuentro con Brannon.

En ese punto, y por motivos puramente logísticos, yo tenía que esperar un mes antes de poder ingresar al campamento del comandante Benigno junto a Brannon. Ese mes para mí fue prodigioso, pues Brannon me sometió a un intenso adoctrinamiento ideológico que me dejó como nuevo. Oír a ese hombre explicar los planteamientos más sutiles de la filosofía marxista en combinación con el pensamiento de Lenin, y las más espinosas cuestiones de la estrategia y la táctica revolucionaria en América Latina, era en realidad asistir al apabullante espectáculo de una inteligencia superior en acción.

Ese hombre hablaba propiamente como un libro y daba la impresión de saberlo y comprenderlo todo, desde la economía política, pasando por la historia del movimiento comunista internacional, sus tendencias y sus cismas, hasta los más increíbles detalles de la topografía y la densidad poblacional de los más apartados rincones del subcontinente, donde, a su juicio, existían las condiciones para implantar focos guerrilleros. Le juro que en mis años de revolucionario no he vuelto a encontrarme nunca con una claridad teórica y una erudición semejante.

En mi criterio, la única pata de la que Brannon cojeaba era que había endiosado a Fidel y al Che, cuyas ideas y acciones le parecían incuestionables, punto menos que sagradas. El fundamento de su pensamiento era el siguiente: la revolución latinoamericana necesitaba de una estrategia global y de un mando único y centralizado. Fidel ya había formulado la primera y encarnaba naturalmente lo segundo. El Che, aún muerto, marcaba el único camino táctico posible, que no era otro que el de la teoría del foco guerrillero como germen de la columna móvil estratégica y del partido de vanguardia.

La adhesión fanática a esas ideas fueron en gran medida la causa de su perdición, pienso yo, pues combatiera donde combatiera y bajo el mando de quien fuera, su lealtad sólo se debía a La Habana, a Fidel. Cosa que inevitablemente suponía a la larga problemas graves con cualquier caudillo local, pues ya sabe usted que en la guerra, en cuestión de lealtades y de mando, no puede tolerarse la ambigüedad.

Pero eso lo comprendí más tarde porque debo confesar que, en aquel momento, tales planteamientos me sedujeron por completo, al punto de que si Brannon era un acólito de Fidel, yo me volví un acólito de Brannon. Y tal situación por poco me cuesta a mí también la vida, cuando después rompí con la organización de Rabachol y Vlady quiso ejecutarme… (Por cierto, en ese incidente de la ruptura, durante una larga y muy tensa discusión que el Perico Torres y yo tuvimos con Vlady, yo fundé mis críticas precisamente en las tesis de Brannon y así se lo dije a Vlady. Entonces Vlady nos dijo que Brannon era sólo un intelectual pequeñoburgués, hueleculo de los cubanos y oreja de Barbarroja. Así literalmente)… El caso es que en pleno adoctrinamiento estábamos con Brannon, en casa de la Portuondo, cuando una noche, de pronto y sin avisar, llega Barbarroja con nadie menos que con Rabachol.


Lea la próxima semana: “José Guadalupe en acción”. Undécima entrega de Doble de Tigre.

 

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