El escritor Miguel Huezo Mixco presentó el libro “Sagatara
mío”, de la investigadora literaria Janet Gold, el sábado
anterior en el Museo de la Palabra y la Imagen. En su retrospectiva, viaja
de la mágica mañana del primer encuentro con Salarrué,
hasta una nueva e inexplorada faceta soterrada en amarillenta correspondencia:
“un hombre tremendamente vulnerable, capaz de verse arrastrado no
sólo por la pasión o el amor, sino por otras menos decorosas,
como la ira o los celos”.
Salarrué es una de las personas que más he admirado.
Su presencia influyó fuertemente en el rumbo que tomó
mi vida. No fui su amigo, sino sólo un admirador fervoroso que
por diversas circunstancias tuvo el privilegio de llegar a su círculo
y de conocerlo. La última vez que lo vi, en su casa, en Villa
Montserrat, estaba muy viejo y enfermo. Pocos meses después de
aquella visita, Salarrué murió. Yo era muy joven. Creía
saber demasiado. Y Salarrué me había mostrado que había
un tipo de personas radicalmente diferentes a las que yo había
conocido en el mundo de la literatura. No era sólo una persona
de apariencia bondadosa, sino que también tenía un carisma
especial.
Esto pude sentirlo desde la primera vez que estreché su mano,
grande y afable. Era un hombre de una extraordinaria sencillez que traslucía
serenidad y sabiduría. Mi temperamento, en general irónico
y mordaz, no me evitó reconocer en Salarrué a un maestro.
¿Cómo llegué hasta él? Por el azar. En el
colegio me había tocado hacer un pequeño ensayo sobre
su obra. Mi padre tenía casi todos sus libros. Lo admiraba. Y
en ese momento de mi vida yo me sentía obligado a despreciar
un poco a los ídolos de mis mayores. Gracias a un vecino suyo,
un novicio del seminario franciscano, tuve el privilegio de que Salarrué
bajara de Los Planes al antiguo edificio de la Biblioteca Nacional,
frente al mercado ex-cuartel, para darnos una entrevista a mí
y a otro compañero del colegio. Cuando cruzó la entrada,
me le acerqué para identificarme. Algunas personas que estaban
allí lo trataban con verdadera reverencia. No sabía, nunca
supe, cómo llamarlo. Lo normal para un cipote de 16 años
era decirle “don Salarrué”, pero me escuché
como un estúpido llamándolo así.
Hablamos por más de una hora. Quedé fascinado con su personalidad.
Hice mi ensayo sobre su libro “Conjeturas en la penumbra”,
donde expone los fundamentos de su pensamiento teosófico. Reconozco
que escogí este texto en parte por mortificar a los curas del
colegio ya que, entre otras cosas, hay un capítulo en el que
Salarrué lanza diatribas contra los santos y los ritos católicos.
Lo más importante para mí es que después de conocerlo
me cautivó la idea de ser escritor. No fue una decisión
fácil en una familia, como la mía, en donde ya un tío,
el poeta José Calixto Mixco, hermano mayor de mi madre, se había
matado por causa de un mal de amores. ¿Otro poeta en casa? Ni
pensarlo. Salarrué encarnaba, sin embargo, todo lo que un poeta
podía esperar: pobreza, soledad y, con mucho trabajo, sabiduría.
Mirarse en su espejo es, y será, todo un desafío. En homenaje
a Salarrué y como un humilde tributo a su obra, mi primer poemario
comenzaba con un epígrafe de “Remotando el Uluán”,
una poco conocida narración fantástica de Salarrué
que, dicho sea de paso, me animó a emprender con mis amigos algunos
inolvidables viajes sicodélicos, oyendo música de Alan
Parson.
No volví a verlo sino hasta algunos años después,
cuando yo era un aprendiz de editor en la Dirección de Publicaciones.
El director, cuyo nombre no quiero recordar, lo tenía por un
viejo loco. Una vez el maestro llegó a pedirle audiencia y este
director, enfadado, me pidió que lo atendiera. Lo recibí
en mi mesita ubicada a un lado de la sala de máquinas. Me volví
a presentar con él. De seguro no iba a recordarse de aquel estudiante
de bachillerato que lo entrevistó alguna vez. Salarrué
quería que se hiciera una nueva edición de “Cuentos
de barro” pues el libro estaba agotado. Desde luego, hice las
gestiones. El caso es que, a causa del libro, comencé a viajar
a Los Planes con cierta regularidad para hablar con él. Primero
por su libro, y luego por el simple gusto de verlo y escucharlo. Así,
volvemos al principio de esta historia.
Sin romper el silencio
Salarrué está en su cama. Esa mañana, después
de intercambiar unas palabras, nos quedamos en el más absoluto
silencio. Salarrué es la única persona con la que he tenido
la experiencia placentera de no sentirme obligado a romper el silencio,
o iniciar una conversación. Fueron dos o tres horas, durante
las cuales apenas intercambiábamos miradas. Cuando se hizo tarde,
me puse de pie y nos despedimos. Poco después, su estado de salud
se agravó y murió. A medida que fui conociendo su obra
y su vida, Salarrué fue adquiriendo una presencia permanente
en la mía. Soy un “salarruano”, desde siempre. Me
considero un miembro pleno de esta singular MS: la mara Salarrué.
Ahora, leyendo este libro insólito y maravilloso, “Sagatara
mío”, publicado por el Museo de la Palabra y la Imagen,
he vuelto a sentir la presencia de Salarrué como pocas veces
en los últimos años. Ya he dicho que Salarrué siempre
ha estado presente en mi vida. He hablado de él todo el tiempo,
a mis hijos, a mis amigos, a mis amores. Pero este libro me ha mostrado
una faceta desconocida de su vida: la de un hombre tremendamente vulnerable,
capaz de verse arrastrado no dijéramos sólo por la pasión
o el amor, sino por otras menos decorosas, como la ira o los celos.
Lo he visto en medio del torbellino de la confusión. He recordado
las pocas palabras que me dijo la última vez que lo miré
en este mundo. Sus ojos azules estaban apagados, eran casi grises. Me
dijo que estaba cansado. Que la muerte de Zelié, su esposa, ocurrida
meses atrás, lo había dejado muy solo, y que simplemente
quería “irse”. Lo dijo con una franqueza estremecedora.
Salarrué miró un instante el cuadro de su mujer que tenía
colgado en la pared y volvió a guardar silencio.
Para entonces, los lazos del amor y la pasión por Leonora Nichols,
el otro gran personaje del libro que ahora comento, estaban muy distendidos.
Sólo leyendo entre líneas, más allá de las
hermosas palabras que los dos amantes se dedicaron, pueden entreverse
aquellos asuntos terribles que acompañan a los triángulos
amorosos. Las frustraciones. Los dolores. La incertidumbre. Y Salarrué,
con todo y que poseía una personalidad extraordinaria, era, después
de todo, un hombre de su siglo y de su tiempo. Más que los amigos,
a los hombres son las mujeres quienes mejor nos conocen. El testimonio
de Leonora nos está mostrando, como he dicho, a un Salarrué
que no conocimos y del que nunca se ha hablado. En los últimos
diez o quince años, fuera de las insolencias que Alvaro Menen
Desleal, siempre irreverente, le dedicó llamándolo, entre
otras cosas, “viejo analfabeta”, ha habido una fuerte tendencia
a la mistificación de Salarrué. Entre esos matorrales
pocas veces podemos mirar al hombre de carne y hueso, que siempre está
oscurecido por el hombre de los viajes astrales, el anarquista esencial,
el escritor, el artista prodigioso, el mago.
Janet Gold, la autora de esta compilación, nos ha vuelto más
compleja y más rica nuestra percepción sobre su personalidad,
y nos presenta a un Salarrué inesperado: tenso, arrogante y grosero...
Porque este libro no es, contra lo que puede pensarse o decirse, solamente
un libro de amor sino también de desamor. ¿Pero acaso
no son el Amor y el Desamor las dos caras de una misma moneda? Ninguno
de esos componentes se encuentra en estado puro, sino sólo en
aleaciones ferruginosas, ácidas, amoniacales. Como podemos verlo
en el libro, aquellos dos “místicos ardientes” en
busca de la gracia, como gustaban definirse, vivieron circunstancias
complicadísimas que la misma Leonora se encarga de informárnoslo
en sus cartas.
Como lo dice a cada tramo Leonora, en ese amor, en esa pasión,
en esa búsqueda anhelante de la felicidad, hay cuatro personajes:
Blwny y Sagatara, por una parte. Y Salarrué y Leonora, por otra.
Los primeros viven la dicha de su encuentro, celebran la unidad en torno
a la rosa mística. Los otros dos se hieren mutuamente, sufren,
se amargan. En realidad, hay un quinto personaje, al que permanentemente
se alude de manera velada o directa. Ella es Zelié, la esposa.
Janet Gold optó por incluir en el libro una sola de sus cartas.
Sin embargo, en esa misiva, Zelié, enterada del amor, o de la
infidelidad, según se le vea, de su marido se revela como una
mujer de una increíble inteligencia emocional y una enorme fortaleza
espiritual.
Veamos detalles de la historia. Salarrué llega a Nueva York en
1946 con el nombramiento de agregado cultural. Pese a que unos doce
años atrás había asegurado no tener patria –lo
dice en su “Carta a los patriotas”, un texto que algunos
han utilizado para hacer sorna de los compromisos del artista en sociedades
como la nuestra--, pese a ello, Salarrué está convertido
en un representante del gobierno de El Salvador. En realidad, está
gozando de una especie de beca. No tiene grandes responsabilidades diplomáticas
como tampoco un gran salario. Tiene 48 años. Está casado
y tiene tres hijas, todas mayores de edad. Viene de toda una vida de
limitaciones materiales. Nueva York se le ofrece como una ventana para
desplegar su talento. En este momento es cuando se conocen con Leonora,
una aristócrata, adinerada, bella, mística, y un poco
menor que él. Se enamoran, nace el amor... ¿Amor, dije...?
Sí, amor. Amor con todas sus celadas. Amor que endulza y sangra.
Pero apenas han pasado unos meses desde aquel encuentro fantástico
y los problemas comienzan a aparecer. En su carta del 9 de enero de
1947, Leonora escribe: “me siento triste y con el ánimo
por los suelos, como si los dioses, después de todo, nos hubieran
engañado...”. Lo que escribe a continuación es el
primero de una larga serie de reproches a la actitud ambigua de Salarrué:
“¡Dónde, oh, dónde está nuestro camino
juntos Sagatara! Por Dios encuéntralo pues está en tu
poder hacerlo, por mi parte estoy lista y en plena libertad para posar
sobre tu mano la mía e irme contigo...”. Una semana más
tarde, Leonora es de nuevo presa de la congoja y el pesar, y le propone
que acepten que su amor debe permanecer “únicamente dentro
de los planes del espíritu y de la mente”. La carta del
2 de mayo nos revela un Salarrué (Salvador, le dice ella) que
pelea con frecuencia y que la acusa de urdir cosas de las que ella se
declara inocente. “Ese [Salvador] me lo echa todo a perder”,
le dice.
Leonora está enamorada del otro yo de Salarrué, Sagatara,
el personaje de su libro más fascinante: O-Yarkandal. Sagatara:
hijo de reyes, de noble linaje, es un ser en el que brilla el fuego
de lo divino. Ella sueña con venir a El Salvador y vivir a su
lado, y construir juntos una cabaña en lo alto, y fundar un Centro
de Arte. Esos momentos de ilusión, sin embargo, se ven repetidamente
interrumpidos por la incertidumbre de Salarrué. Este, incapaz
de darle la espalda a su familia, tampoco parece dispuesto a deshacerse
de su amante. A finales de ese mismo año, en noviembre, la paciencia
de Leonora parece haber llegado al límite: “Tú estas
buscando condicionar mi vida con tu vigor personal, mismo que es propiedad
de un hombre pletórico de celos y temeroso de disparates inexistentes”,
le reprocha. Desafortunadamente, las cartas de Salarrué parecen
estar perdidas. En esas cartas, probablemente, hubiéramos encontrado
los argumentos que la poesía no era capaz de darle a esa mujer
dispuesta a entregar su vida por ese amor y ese hombre.
Tras las ráfagas de dolor, vienen las ilusiones. “Las brumas
se han esfumado y la fuente de cristal fluye libre y abundante otra
vez”, le escribe, en las vísperas del fin del año.
“Creo en la fortaleza espiritual y en el poder de Sagatara, y
conservo la certeza de que no puede fallarme”, escribe.
En junio del año siguiente, se produce un hecho trascendental.
Salarrué realiza una exposición de sus obras en una galería
de Nueva York. Detrás de aquel triunfo se esconden también
el dolor y la miseria. Eventos que no conocemos en detalle, hacen que
aquella exposición se convierta en un verdadero calvario. Algún
comentario en público de Leonora, quizás, hirió
al orgulloso “maestro”. Ella escribe: “Mi amor, no
cruzó por mi mente la idea de “disminuir” el arte
de Sagatara... Lo único que hice fue expresar lo que consideré
una crítica constructiva”. Nunca sabremos qué dijo,
pero parece que la respuesta fue tremenda. “Desperté tu
ira, me lastimaste, y quedé exhausta por tus acusaciones”,
le dice. “¡Salarrué fue el que me atacó como
con una varilla de hierro!”, se queja Leonora.
Parece que este tipo de arranques fueron frecuentes. Las quejas de Leonora
sobre las actitudes irascibles y los celos de Salarrué, aparentemente
injustificados, se encuentran a lo largo de esta correspondencia. Pero
esto no es todo. En julio de 1949, esta pareja pasa por uno de sus momentos
más difíciles. Leonora está dispuesta a casarse
con Salarrué, pero para ello es absolutamente necesario que este
ponga fin a su matrimonio con Zelié Lardé. Así,
nos encontramos a Leonora en Taxco, México, pidiéndole
que venga para realizar allí sus trámites de divorcio.
“Tú serías legalmente libre en cuestión de
semanas por la suma de aproximadamente 12 dólares”, le
dice. Pero los días pasan y Salarrué, pese a haberle ofrecido
que iba a poner en marcha el proyecto de la separación, se sumerge
en la indecisión. “Yo sentía que tú estabas
bien ‘dirigido’ y que el camino estaba libre, sin embargo
ahora tiemblo, pues veo que la estructura de nuestro Gran Sueño
de Amor gravita de nuevo”, le escribe un mes después. Así
pasa el tiempo. Se les hace tarde, como alguna vez le escribió
Leonora. Aquel amor se convierte en una bella ilusión apenas
sostenida por los recuerdos.
¿Amor? Como dije, este libro no es sólo una historia de
amor. Tampoco sólo de desamor. También es un libro que
muestra la impotencia de dos seres extraordinarios puestos a prueba
por el mundo, las circunstancias, los compromisos, todas esas cosas
que nos hacen ser lo que terminamos siendo. Y su coraje. Sí,
porque tuvieron el arrojo de soñar y de lanzarse desnudos en
la fosa hirviente de la pasión, de la cual nunca se vuelve igual.
Hace algunas semanas, un conocido poeta nuestro, hablando del amor entre
dos personalidades de nuestras letras, Alberto Guerra Trigueros y Elisa
Huezo Paredes, daba a entender que ellos no habían querido profanar
su amistad llevándola hasta la cama. Exactamente, dice que lo
de ellos fue: “Un amor intelectual sublimado, que estaba más
allá de cualquier mancha degradante”.
Salarrué y Leonora estuvieron dispuestos a “mancharse”
y dejar su estela ácida en la historia de nuestra cultura. Perdonen,
pero no veo la manera de entender esta pasión como algo degradante.
A la felicidad se llega intentándolo, cayendo, levantándose,
cayendo y levantándose. Como dice una canción de Leonard
Cohen: riendo unas veces y otras llorando. La búsqueda de lo
excelso, lo divino, como queramos llamarlo, no excluye la pérdida
ni la tragedia.
Ahora bien, este gesto profundamente terrenal, nada gaseoso, de estos
dos amantes, no sólo nos habla de sexo. Intentemos vincularlo
con la filosofía en la cual intentaron encontrar explicaciones
y consuelo en esta vida. Sus fracasos nos enseñan algo que ya
se viene cantando en los más antiguos libros de sabiduría:
el viaje hacia el conocimiento o la iluminación es peligroso.
El famoso poemario titulado “La conferencia de los pájaros”,
un libro del siglo XII, del poeta persa Farid ud-Din Attar, cuenta la
peregrinación de los pájaros del mundo que buscan al Simurg,
el rey de todos, la encarnación de la Divinidad. La alegoría
sirve para enseñar los temas fundamentales del sufismo: Que Dios
es la última y fundamental realidad en la que se origina toda
la creación. Que nuestras almas se encuentran atrapadas en nuestros
cuerpos, y que nacemos de la semilla de lo divino y a lo divino regresaremos
como todo lo creado. Los peregrinos deben cruzar siete valles: el amor,
el entendimiento, la separación, la unidad, el asombro, la privación
y la muerte. En su viaje buscando el palacio del Simurg, muchas de aquellas
aves perecen. Algunos, unos pocos, tienen éxito.
Leonora y Salarrué hicieron su propia peregrinación. No
conocí a Leonora. Pero de Salarrué, mi admirado Salarrué,
puedo atreverme a decir que cuando lo conocí, pobre, solitario,
enfermo y viejo, parecía estar tocando insistentemente a las
puertas del palacio del Simurg. Quizás para entonces, pasados
los siete valles, se había convertido en el auténtico
Sagatara... Quizás.
Ahora lo veo en mi recuerdo y comprendo que, al final de las sumas y
las restas de la vida, el Camino se hace a solas. Por unido que se esté
a otra persona, siempre es así. Ellos soñaron con la dicha
más excelsa en este y en los mundos del más allá.
Aparte de algunas equívocas señales, no tengo noticias
de esos otros mundos. Pero en lo que se refiere a este mundo creo que
ese supremo anhelo, el de reencontrase alguna vez, parece haberse cumplido,
por fin, en este pequeño libro azul donde después de aventuras,
tropiezos, asombros, privaciones y hasta la muerte misma, los amantes
han terminado su peregrinaje.