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San Salvador, 11-17 de agosto de 2003
 
 
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Plática con William Huezo, miembro de Homies Unidos

"Me apoyo en los amigos, porque no me puedo apoyar en Paco Flores"

Fue voluntario del año de Naciones Unidas en 2001, y ahora tiene miedo de que la Policía lo detenga, lo golpee o, peor aún, lo encierre con mareros en activo. William Huezo dejó las pandillas hace años, pero se siente tan en peligro por el plan "mano dura" como lo estaría en manos de ciertos líderes de maras, que le tienen en su lista negra por robarles gente, sacarla de la violencia y devolverle su vida. La plática con él es amable, audaz en esencia y forma, salpicada del morbo que regalan las miradas curiosas de quienes entran a la librería de Punto Literario y se encuentran con un hombre tatuado en pecho, cuello y brazos, que posa con el torso desnudo para una foto entre los estantes de literatura latinoamericana e inglesa. Nos acompaña Adonay, otro miembro de Homies Unidos, ex pandillero, que tiene en cada frase una sentencia, busca trabajo desde hace un año y medio y confiesa que escribe poesía. Los dos fueron deportados. Los dos cargan con tatuajes. Los dos tienen miedo y se sienten blanco de las nuevas políticas de seguridad pública.
José Luis Sanz y Carlos Dada/ Fotos: Guillermo Berríos
cartas@elfaro.net
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Días difíciles, ¿verdad?
Sí, algo. Es difícil jugar con la vida. Hay cosas que pasan aquí en El Salvador y con la familia de uno, con amigos, con las leyes... Me imagino que queremos hablar un poquito de las leyes que afectan nuestro trabajo como Homies.

Y más allá del trabajo. A ustedes les afectan personalmente, ¿no?
Bueno, nosotros somos expandilleros. Yo nunca he sido pandillero en este país. Fui pandillero en Los ángeles, y hay una diferencia inmensa en, como nosotros le decimos, la clica, en lo que aprendimos en la pandilla, en la escuela que te han dado. Mi escuela es diferente a lo que han aprendido los jóvenes en estas maras en El Salvador.

¿Qué tiene de diferente?
Mira, allá te enseñan a respetar un poco más... No estoy justificando a las pandillas, pero hay un poco más de respeto, de disciplina. Allá si un enemigo de una pandilla contraria anda con su mamá, con su esposa, pueden andar veinte de ustedes pero no lo pueden tocar. Está ese valor de respeto, porque no se deja involucrar a otras personas que no son pandilleros. Pero aquí es un poquito diferente. Conozco a muchas personas que han andado con su mamá y les han dado de balazos, y han matado a todos. No te voy a decir que allá no se tatúan la cara y que no se miran feroces, pero...

Pero yo pensaba que podés seguir siendo pandillero estando en Homies, que ustedes se alejan de ciertas prácticas, pero no sé si eso…
Sí, eso es. Nosotros no les inculcamos que salgan del grupo, les decimos que pueden pertenecer a un grupo pero que la actividad tiene que cambiar. No pueden seguir usando drogas, tomando licor, ponerse loco en la calle, dando mal aspecto. A cambio, si vos decís que sos de Homies Unidos la gente te ve con diferentes ojos, sabe que estás en rehabilitación.

¿La Policía también sabe eso?
El problema es que en el pasado ha habido jóvenes que han tratado de cambiar sus vidas, salir de la violencia y de las drogas, pero siempre se han mantenido en un grupo en el que hay personas activas. En esos casos la Policía se los lleva a todos y aunque uno diga "Oiga, soy de Homies Unidos", igual andaba con esa persona. Eso lo tenemos que decir a todo el mundo: sólo porque alguien dice que es de Homies Unidos no necesariamente quiere decir que sea miembro activo de la organización.

¿Se puede permanecer en una mara dejando atrás las drogas y los crímenes?
Es algo difícil. Nosotros, de todos modos, no les pedimos que se salgan de las maras. Nadie les exige que se quiten los tatuajes o que cambien de vestuario. Eso va a pasar con el tiempo. El problema es que si una persona gradualmente se quiere salir de las pandillas siempre va a tener problemas con otros si se quita los tatuajes. Le van a decir: "ya no sos de nosotros". Para nosotros (señala a Adonai, que no ha abierto aún la boca) es más fácil, porque nos salimos de pandillas de Los Ángeles que no existen aquí.

¿De qué pandilla eras?
De los West Side Murberry Street Crazy Boys, por corto "Los Crazy". Operábamos en el área de Echo Park. Es diferente porque no somos de las pandillas grandes que se oyen tanto aquí, la MS y la 18.Aquí existen esas pandillas y esas presiones.
Yo creo que si te vas a salir de una pandilla tenés que hacerlo para siempre, no podés estar diciendo "tengo un pie aquí y otro acá", pero es algo difícil para los jóvenes que son MS y 18. Tienen más presiones. Nosotros ya tenemos una edad más madura.

¿Cuántos años tenés?
Cumplo 32 en dos semanas.

Pues felicidades.
Sí, ¿verdad? Gracias. (William estira su mano y señala de nuevo a Adonai, que ha estado con una oreja puesta en la conversación, y la mirada clavada en las anteriores Pláticas en Punto que están a disposición del lector en Punto Literario) Hey, don't be silent man, join the conversation man.

(Adonai se anima y nos permite descubrir a un inteligente y desenfadado joven)
A: Es que por ejemplo, no tenía ni un año de estar aquí cuando, por tratar de conseguir trabajo, porque uno no puede pasar de vago o esperando que mi familia me mantenga, me traté de quitar los tatuajes de la mano. Los otros no, esos no me los quiero quitar, ¿para qué? Ya bastante doloroso fue ponérmelos.
Pero los de las manos ni modo… y ni así logré trabajo. Peor quedé, todo cicatrizado. Estaba mejor antes.

(Adonai nos enseña sus manos. Aún hay algunas líneas negras indescifrables que antes fueron letras entre varios grumos de piel, cicatrices similares a las huellas de una quemada, que se abultan y quedan al rojo vivo para siempre. William retoma la palabra).
Lo peor es eso, conseguir un trabajo donde no te miren ni las manos. Si yo quisiera conseguir un trabajo normal estaría con problemas. Tengo un tatuaje en el cuello, uno en la cabeza…

¿En la cabeza?
Sí.

Pues no se te mira.
¿Sabés qué pasa? Por esta nueva ley que quieren aprobar me he dejado crecer el pelo.

Pues jalate la camisa más para allá, para que te tapés también el del cuello.
Ja, ja, ja, ja. La otra cosa es que yo también soy artista de tatuajes.

Pues te van a acabar ahora el negocio…
No, dejame decirte que la mayoría de gente que yo tatúo son de clase media para arriba. Es muy raro que una persona de maras llegue a pedirme que le haga un tatuaje. Es más, me acaba de hablar alguien que trabaja en la embajada (de Estados Unidos).

Ja, ja, ja, ja. ¿De verdad?
Sí. Son Marines, que quieren tatuajes. Y como yo tengo una buena reputación…

¿Y les cobrás más a los gringos, por haberte deportado?
Así tiene que ser, ja, ja, ja, ja, ja. Es como un 'tax' de El Salvador, es más que el IVA, ja, ja, ja, ja, ja. Mirá, yo no estoy resentido con los americanos, porque aunque fui un producto de mi ambiente no le echo la culpa a nadie. Yo andaba de vago, de cabeza caliente, de peleonero, y yo sé todo lo que hice. Pero sí es algo extremo sacar a una persona de un país. Y después de pensar que ese país era mío… Yo fui a la escuela ahí toda mi vida, me metí en muchos problemas, caí en la prisión de adultos y cuando salí me metí al Comunity Collage, donde podés obtener un título universitario. Estudiaba sicología y artes finas.

¿Te gustaba estudiar?
A mí siempre me gustó el colegio, pero mi problema eran mis amigos. Siempre tuve amigos que pertenecían a un grupo. Todos mis amigos vendían drogas, pintaban paredes o eran pandilleros. Y en Estados Unidos ese tipo de gente es visto como el héroe del barrio, de la vecindad. Entre más drogas vendés mejor el carro que andás, mayor es tu estatus de celebridad… (Adonai interviene nuevamente y aclara: "Del barrio nada más. Es como una ciudad"). Así es, te volvés el rey de la ciudad.

¿A qué edad comenzaste en esa vida, William?
Tipo 12 años ya estaba con un grupo algo organizado, pero no era una pandilla. A los catorce hice el brinco a una pandilla organizada. Allá no les dicen maras, sólo pandillas. Si decís que sos marero van a pensar que sos de una pandilla que se llama "Maravilla" o bien de la MS.

¿Los Crazy son salvadoreños?
No. Mis compañeros eran portorriqueños mezclados con salvadoreños pero nacidos allá. Chicanos mezclados con nicaragüenses pero nacidos allá. Eran latinos-americanos. La mayoría de mis compañeros eran mexicanos. Yo me fui en los setentas, y casi no había salvadoreños. En esos años al único salvadoreño que yo conocí era mi vecino, un señor así, bigotón, y que me acuerdo que cuando le preguntábamos de dónde era decía que era ruso, pero fregando. Era una familia de salvadoreños. Yo les caía muy bien. Me llevaban a todos los lugares.

¿Estabas en la propia ciudad de Los Ángeles o en un suburbio?
No, en Los Ángeles Los Ángeles. A dos cuadras de Los Angeles City Collage, en el mero centro. Ahí me crié. Como un niño lleno de energía, me subía a los techos, jugaba con lagartijas, quemaba cucarachas....

¿Y cómo te fuiste?
Me llevó mi hermana. Ella ha trabajado muy duro para llevarnos a todos allá. A toda la familia.

Cuando estás en la pandilla, ¿cuál es la relación con tu familia?
En mi caso mi mamá siempre estaba trabajando. Mi papá igual. Un año después de que yo llegué a Estados Unidos ya estaba toda mi familia allá, y directo a trabajar, a trabajar, porque había que pagar el apartamento y la comida. Fue muy difícil, porque fuimos indocumentados hasta principios de los ochentas.

¿Pero cómo te llevabas con tus papás, con tu familia?
Pues eso, siempre estaban trabajando y no tenían suficiente tiempo para más o menos orientarme. Yo perdí mi cultura, porque siempre andaba con gente mexicana. Fue un choque cultural. Ni te das cuenta a qué horas lo estás haciendo y de pronto te identificas más con eso que con tus raíces porque casi no ves a tus papás.
Y la brecha generacional es muy grande. Yo soy el menor de 7 hermanos, mis padres son 40 años mayores que yo. Además, es duro porque ellos vienen de un país tercermundista y uno se está criando totalmente en un país primermundista.

¿Y tus hermanos?
Eran mayores, no querían andar con un niño.

¿Ninguno de ellos entró en pandillas?
Cuando estaban en el bachillerato comenzaron a vestirse como pandilleros pero comenzaron a tener muchos problemas con los pandilleros de verdad, y tuvieron que cambiar su estilo de vestir. A mí me gustaba ese vestuario, y los pandilleros que andaban así todos los respetaban. Andaban bien planchaditos, en buenos carros, y yo en ese ambiente los admiraba.
También admiraba a mis hermanos mayores, pero ellos en su mundo y yo en el mío. Tenía dos amigos que eran hermanos y me decían que yo era su hermano, y creamos un grupo para jugar fútbol americano, y ya el grupo se fue haciendo más grande. Jugábamos contra otros grupos. Basado en eso es que nacieron muchas pandillas.

O sea que aquello de que el deporte mantiene a los jóvenes alejados de las malas compañías en tu caso fue al revés.
Sí, allá así funcionó, porque viviendo en un barrio pobre no podías tener el dinero para entrar a una liga del parque o algo, y lo hacías en tu vecindad con tus amigos. Te retaban: los Renegades contra los Underdogs, los Black Diamonds…, y con el tiempo esos grupos se hicieron pandillas. Mi grupo era como mi segunda familia, mis camaradas.

O sea que vos empezaste tu propia pandilla…
Pues algo así. Tenés a tu grupo de gente que siempre te apoya, están en la vecindad, riéndose de cosas que pasan, burlándose de otra gente, buena onda... La solidaridad es bien fuerte. Tú no puedes golpear a nadie de mi grupo, porque mi hermano grande, que era mi amigo, te va a golpear a ti.
Nosotros teníamos una reputación en la vecindad de ser chamacos peleoneros. Nadie fregaba con nosotros. Me acuerdo, caminando, y pasábamos por una escuela primaria, y nosotros éramos un poquito mayores. Cuando nos miraban se paniqueaban, "ahí vienen, ahí vienen, ahí vienen. A nosotros nos gustaba eso, y los golpeábamos, y les pegábamos, ¡pas!, como pesetones, y como eran bien miedosos se corrían. Una vez se corrió un chavo y se cayó del techo y se rompió el brazo, ja, ja, ja. Había gente que me tenía miedo.

Y vos te sentías más respetado.
Sí, y grande.

(Adonai se anima a entrarle a la conversación otra vez, y toma la palabra)
A: Lo agranda a uno el ego. No cabe uno en el país. Ya me conocen, cuando me miran corren, o la gente se cruza la calle, o miran para otro lado... Bueno, ja, ja, eso todavía pasa, pero ya no es lo mismo.

No creo que si alguien te mira en la calle se cruce a la otra acera.
A: ¡Já! Hasta a los niños se agarran de la mamá, uy, uy, uy. De verdad, yo ni con mis vecinos hablo. Si me miran salen para otro lado. Hasta el perro me tiran de vez en cuando.

Coño, pues cambiate de barrio.
A: No, no, es un barrio bien tranquilo, eso es lo bueno. Por lo menos ya saben quién es el que vive ahí. Ya saben que no ando tratando de robarles, ni de meterme a su casa, no ando drogado. Me tomo una cerveza de vez en cuando, pero eso no le hace nada a nadie. Y en la comodidad de la casa nadie me puede hacer nada.

Más tomarán tus vecinos…
Sí. A veces ellos se ponen a beber y son ellos los que gritan.

Pues hay que rebuscarse mucho, así como venís de manga larga, para descubrirte tatuajes.
Pues lo hacen. Esta semana estaba hablando con una mujer en el parque, que ya la conocía de vista pero hasta ahora tuve la oportunidad de hablarle, y ella ya sabía dónde vivía, qué música me gustaba, hasta más o menos cómo yo era…

Pues de entrada ya tenés algunas posibilidades con ella, ja, ja. Interesada sí está.
William: ¿tiene una hermana?

A: Pero ya ves, la misma gente entre ellos se comunica, ella sabía hasta al gimnasio al que yo iba.
W: Eso es muy común en sociedades de clase media. Yo tatúo en mi casa, y mis vecinos todos lo saben. Una vez llegó uno a buscarme y se equivocó de casa y preguntó por un chamaco pelón que hacía tatuajes, y le dijeron que no me conocían, pero que había uno como a tres cuadras abajo que tatuaba. Sabían perfectamente dónde vivo. Y para más fregar hay una iglesia enfrente.

Ya podrías empezar a tatuar motivos religiosos.
Sí, ¿verdad? Es sorprendente como viaja la palabra. No hay mucha gente en mi vecindad que sea pelona y tenga tatuajes. Yo con todos mis vecinos soy muy amable, les hablo a todos… Pero a veces se ponen a pensar, porque entran esos gringos con cámaras, periodistas, y ellos piensan, ¿qué hay en esa casa?

Que ahí está Nelson García escondido, con toda la colección de pornovideos
Ja, ja, ja, ja, sí, ¿verdad? Imaginate, ja, ja, ja.

Ya en serio, William, no sé si esa fue también tu experiencia, pero aquí leemos testimonios de que la prueba de fuego para entrar a las maras es matar a alguien. ¿Cómo comenzás vos a decirle a los mareros que no se droguen o que no maten?
Es que no vayas a creer que nosotros somos como líderes o algo así de ellos. Pero conocemos personas que pueden ser líderes y nos acercamos a ellos y les pedimos permiso para que nos den oportunidad de entrar o por lo menos para que nos escuchen lo que tenemos que decir. Puede haber personas ahí que quieren oportunidades y que tal vez ya son gente respetada, y no van a tener que pagar tributo por buscar otra oportunidad.

El respeto es la palabra mágica, ¿verdad? Por respeto entras a la mara y para salir de ellas también la clave es el respeto…
Sí, pero podés obtener el respeto de muchas maneras. No necesariamente tenés que ser un asesino. Si alguien no tiene dónde quedarse por la noche y tú se lo das, y le das de comer, es una forma de ganarte su respeto también. Pero yo sé que los medios de comunicación han cambiado el pensamiento de las personas...

>> "Me apoyo en los amigos, porque no me puedo apoyar en Paco Flores" (II)

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