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La secreta obscenidad de cada día o cómo aprendí a reírme del fin de la historia

Durante el siglo XX pocos nombres espantaban a las instituciones de poder político y al status quo tanto como los nombres de Sigmund Freud y Karl Marx, los padres del psicoanálisis y el comunismo. El subconsciente y la lucha de clases eran fuerzas incontenibles que emergían de la sociedad y de la historia, capaces de desencadenar hasta un millar de revoluciones por minuto en el campo de las ideas, pero también, y más peligrosamente, en el campo de la acción social, en el terreno de la historia viva. ¿A quiénes asustan estos nombres ahora? A inocentes colegialas.
Jorge Ávalos
cartas@elfaro.net
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A inocentes colegialas. Esa es la verdadera obscenidad que nadie quiere articular claramente: hemos tomado conceptos verdaderamente revolucionarios, que alteraron el curso de la historia y que profundizaron nuestra comprensión del ser humano para convertirlos en simples caricaturas. Si un artista dibujara esa caricatura, Quino por ejemplo, ¿cómo lo haría? Dibujaría dos viejos locos sentados sobre la banca de un parque. Allí, vestidos con impermeables, esperarían impacientes a que salieran las colegialas con el propósito de exponerles sus más perversas ideas.


Esta es la nítida premisa de una de las comedias más hilarantes y perfectas que se han escrito en Latinoamérica. “La secreta obscenidad de cada día”, de Marco Antonio de la Parra, es una parábola ética que recurre al bisturí de la ironía y al machete de la verdad para abrirse campo en el nuevo orden mundial de las ideas. Después de veinte años de haberse estrenado en Santiago de Chile, en el Teatro Camilo Henríquez, el XII Festival Centroamericano de Teatro presenta su reposición en el Teatro Luis Poma de San Salvador, con su elenco original: los actores y psiquiatras León Cohen, que interpreta a Marx, y De la Parra, que interpreta a Freud.

El mundo ha cambiado muchísimo desde el estreno original; sin embargo, la obra permanece asombrosamente fresca y actual. Durante la hora y media de su transcurso se transforma de una farsa sobre dos hombres perversos a una inquisición de la realidad política chilena (o latinoamericana) hasta aflorar en una sofisticada comedia de ideas. Sofisticada porque nunca deja de lado sus otros niveles cómicos: la comedia física, los gags circenses, la ironía verbal y la revelación sorpresiva se suman y entretejen en un marco conceptual en el que la muerte de las ideas revolucionarias expone la podredumbre de nuestras ideas contemporáneas.

Al parodiar su situación histórica salvajemente, De la Parra permite que nos riamos de Marx y Freud, pero con el fin de satirizar el estado de nuestras propias carencias: “Los ideales que dejamos vacíos y vacantes”. Si lo que vemos son dos locos que se creen Marx y Freud, o si estamos ante un encuentro figurado de estas dos personalidades en el marco de la historia actual, es algo que cada espectador debe resolver. En ambos casos la ironía funciona por igual, porque toda representación teatral se torna en un símbolo del mundo como teatro.
El ejemplo más claro de cómo funciona este doble discurso se da cuando ambos personajes discuten el papel que jugaron durante la dictadura. Freud “interpretaba sueños”. Marx colaboraba en planificar “autogolpes” y “confusos atentados”. Era una época de terror de la que no estaban ajenas ni la tortura ni la desaparición. Durante esas revelaciones tenemos la sensación de escuchar confesiones humanas. Si estamos ante dos locos o ante dos metáforas importa muy poco, la verdad histórica en cuestión atrae ambas perspectivas y las hace trabajar simultáneamente.

Una de las fórmulas humorísticas más efectivamente usadas en esta obra es la frase de Perogrullo, la clara articulación de lo obvio: “Supongamos que el país estuviera cagado…”. En un momento Marx cuenta que su madre, a quien culpa de incomprensión, lo confrontó con esta pregunta: “¿Por qué en vez de escribir ‘El capital’ no amasas capital?”. ¿Significa eso, se pregunta Freud, que todos los conflictos que se han dado en su nombre son culpa de su mamá? Esto es divertido no en un nivel político sino humano, y es en esa línea de humor que ambos reconocen su soledad y se abrazan diciendo: “¿Cómo pudimos prescindir el uno del otro?”

Es difícil imaginar esta obra en manos de actores jóvenes, y es posible conjeturar que este montaje debe ser mucho mejor que el original. Por sus edades, por su madurez personal y porque la obra está íntimamente ligada a sus vidas, los actores interpretan sus personajes con una confianza y un entusiasmo vital que encaja plenamente con el delirante sueño que vemos en escena. Cohen, con sus gafas oscuras, tiene algo de acartonado que recuerda todas esas fotografías en las que Marx posa tan rígidamente. De la Parra interpreta al psicoanalista austriaco como un cúmulo de tics nerviosos, deslices verbales y neurosis múltiples que están a punto de desencajarlo físicamente. Cohen es muy bueno; De la Parra es sencillamente inolvidable.

“La secreta obscenidad de cada día” es una obra genial. No es teatro del absurdo, sino su opuesto: con una escritura lúcida y una concepción profundamente humanista, De la Parra parte del absurdo para llevarnos a la búsqueda de una nueva coherencia. Una obra de teatro, por supuesto, no puede ser un tratado filosófico ni puede proponer un nuevo paradigma. Pero De la Parra nos dice que el momento para comprender el estado de nuestros deseos y temores ha llegado y, con ello, la responsabilidad de articular la verdad sobre nosotros mismos. O como lo pone él en boca de Freud: “El dilema hamletiano del hombre latinoamericano de nuestro tiempo: ¿hay que decirlo o no hay que decirlo?”
Hay que decirlo.

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