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Festival de Teatro ¿De locura?

Por Héctor Ismael Sermeño
cartas@elfaro.net

“Una pieza de teatro es una obra escrita
por alguien que no desea sino hablar a un
auditórium, que sólo desea escuchar hablar”

Eric Bentley

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Coincido con Bentley, padre de la críticas de habla inglesa; es innegable que la palabra hace al teatro. Las otras artes escénicas tienen otros códigos preponderantes, el teatro está sujeto a lo que se dice en el escenario; de lo contrario ¿para qué la dramaturgia y los dramaturgos? ¿Por qué son considerados géneros literarios los diversos textos teatrales? ¿Por qué los actores deben aprender a educar la voz para lograr comunicarse adecuadamente con el público?

El teatro es arte y, como tal, posee su lenguaje, sus códigos y estructuras gramaticales que lo tipifican. Conocerlos para reinterpretarlos es la obligación del crítico. En El Salvador no se puede estudiar crítica de las artes; por eso priva el autodidactismo, la falta de sistematización, la ausencia de la vital erudición en el área exclusiva de trabajo. Sólo así el crítico descubre lo cierto inteligible y en ello descifra e interpreta, no sólo significado sino símbolo; eso que le da existencia a la obra de arte, esta vez al teatro en particular. Por eso la historia, la semiótica, la lingüística, el estudio académico, son lo que forman a un especialista. Como diría Roland
Barthes, la lectura de la obra se separa de la crítica, la primera será inmediata, y la segunda mediatizada por un lenguaje intermedio que es la escritura del crítico.

Por eso la sensibilidad y la emoción no pueden bastar para hacer un ensayo crítico, un género literario en sí mismo. También ellos son susceptibles de ser interpretados.

Sin embargo, la epidemia de la ignorancia, la mal formación de los artistas y su monumental ego, siempre por encima de sus auténticas cualidades y de sus talentos, malentienden la crítica. Tal vez algún día, si seguimos en la lucha, se entienda que la función emotiva (subjetiva expresiva) es una parte del mensaje, junto con los referentes que son cognoscitivos y objetivos. Por lo tanto, un auténtico crítico siente, pero también comprende, si no para qué. Después de todo, en este país algunos artistas cuestionan a los críticos pretendiendo tener la razón, cuando el artista sólo puede tenerla en el escenario.

Lo decepcionante

“Una mariposa en la ventana”, del grupo guatemalteco Candilejas; un monólogo forzado, protagonizado por una actriz bastante buena, pero mal dirigida, Lucy Guerra, con un mal estructurado texto a medias entre "Mujer, casos de la vida real", "Claudia, me quieren volver loca", y "Los motivos de la luz". Con una innecesaria referencia a Medea, por el único hecho de ser una de tantas madres asesinas de sus hijos que abundan en nuestros países. Malograda puesta en escena, con dispareja utilización del escenario. (Se inició la locura)

Peor estuvo "El tiempo principia en Xibalbá", un pastiche grosero, no por soez, sino por mal montado, peor actuado y con un deje de panfletarismo en la dramaturgia escrita, bastante maniqueo, referente a la bondad de la maravillosa cultura indígena y la maldad de todos los demás habitantes del planeta, en una más bien mistificación del planteamiento.

"El lazarillo de Tormes" se quedó en una especie de versión corta de teatro didáctico para niños, bastante bien actuado, nada más.

Lo bueno

De Costa Rica llegaron dos grupos bastantes homogéneos, contrario al envío guatemalteco, el teatro costarricense goza de un buen estado de salud.

"Un viejo con alas" presentó la compañía de teatro Punto Cero. Con un elenco bastante numeroso (14 actores), por lo que sorprende el excelente movimiento en el escenario, lo mismo que el trabajo corporal de los actores, los cuales, se nota, están muy bien preparados. Sorprende también la homogeneidad de las actuaciones en las que nadie desentona. La puesta en escena está bien lograda, y si bien el texto se sostiene con solvencia, al final no pudo eludir el melodrama, lo cual no es necesariamente malo para una resolución final, pero deja un sabor a complacencia, salvada por una verdadera creación de personajes en el escenario. (Aquí siguió la locura).

"La mujer que cayó del cielo", montaje del Teatro Universitario, con un texto de Víctor Hugo Rascón, dramaturgo mexicano, basado en un hecho real de una aborigen tarahumara, de la sierra de Chihuahua, misteriosamente perdida en Estados Unidos. Buenas actuaciones sin llegar a más, ritmo adecuado y buen uso del espacio escénico. Trabaja la otredad antropológica planteada desde las dificultades de comunicación humana acentuada por la marginación cultural y de las otras, lo mismo de la confrontación entre la civilización y la ausencia de ella. Siempre distante, siempre intelectualizada, siempre con lástima por el pobre. (Otra de locos).

El grupo nicaragüense "Justo Rufino Garay", montó "Danzón Park", aquí los desdoblamientos de personalidad, imágenes personales vistas al revés en el espejo de la irrealidad y lucha de contrarios por el eterno tema del amor, lo mismo que por ejercer el poder. Con muy buenas actuaciones, en particular de René Medina. Una excelente puesta en escena y mejor dicción de los actores. Sólo es de lamentar el vestuario y las fallas en el manejo de las luces. (Aquí también hubo una dosis de locura)

Lo mejor

El argentino Sergio Mercurio, su compañía de guiñol “El titiritero de Banfield”, montaron un fabuloso espectáculo de títeres para adultos en el que demuestran un enorme talento y una inmejorable capacidad de involucrar al público con sus personajes. Lo excelente de sus parlamentos (otra vez la importancia del texto) y la personalidad de cada uno de sus títeres, las cuales son reflejos de tipificados caracteres humanos y el uso de los recursos teatrales como la voz, las luces y sus propios movimientos que particularizan cada marioneta, son sencillamente una maravilla.

Ahora bien, la cumbre del festival, el mayor texto dramatúrgico, la magnificencia del teatro de la palabra y la palabra para el espectador fue, sin duda alguna –ni personal, ni crítica, ni teatral–, “La secreta obscenidad de cada día”, de Marco Antonio de la Parra, quien la escribió, la dirige y actúa, junto con León Cohen. El duelo de actuaciones con una enorme categoría de primerísimos actores, vivifican al teatro puro, el del lenguaje hablado.

La escenografía es únicamente una banca. Ellos consiguen que sea un parque, y a otros personajes que nunca aparecen, pero que ellos les dan vida; el vestuario, son muchos vestuarios, al igual que los elementos usados para crear personajes falsos para disimular sus secretas obscenidades son exactos.

Pero es lo que nos dicen lo importante; los personajes Marx y Freud tenían otras cosas que decirnos, y De la Parra logra que las digan; con esa fuerza que sólo el texto da; porque en la comunicación vital que ésta representa es que se encuentra la verdad del teatro.

La obra crece y crece conforme va avanzando en su desarrollo, el texto está tan bien logrado que nunca decae el ritmo escénico y los actores consiguen la mejor actuación dentro del festival. Así obligan al público a reír, no solamente de lo que sucede en el escenario, sino de sí mismos, con un humor fino, construido no con situaciones, sino con la magia de la palabra. (Con locura también).

Señalamientos, protestas y lo que faltaba

El Salvador fue representado muy dignamente por “Mirandolina”, puesta en escena de Fernando Umaña, del cual ya me ocupé en su momento y al que consideré el mejor estreno del año pasado. El otro trabajo nacional, “Gaviotas subterráneas”, no levantó vuelo, por lo que, si me da tiempo, me ocuparé de él después.

Algunas protestas del presente festival ya las he puesto en le tapete en otros trabajos, pero, ni modo: esa peste de los teléfonos celulares, adicción enfermiza de muchos incultos; las tardanzas de hasta cuarenta minutos para iniciar las obras, las incómodas escaleras tipo galerías de cine antiguo usadas para ciertos montajes, las cuales no solucionan más que el espacio escénico, a costa del dolor de espalda de los espectadores.

Por último esa horrenda manía del impreparado y exageradamente generoso público salvadoreño, en su mayoría, que se puso de pie automáticamente para “ovacionar” a todos, sin excepción, los espectáculos. Parecía la Feria Internacional o el Gimnasio Adolfo Pineda. Tenemos cartelera permanente; el teatro, aunque de manera lenta, está evolucionando; pero el público…

Quiero finalizar aclarando que los únicos dos montajes que merecieron ovación de pie fueron el de títeres argentinos y, evidentemente “La secreta obscenidad de cada día”. Indudablemente “La Zaranda” la merece a telón abierto, con todo y que no vinieron.

Lea también:
  [Entrevista con Fernando Umaña]
“La creatividad tiene un límite con el presupuesto”
  La secreta obscenidad de cada día o cómo aprendí a reírme del fin de la historia
  [ “Danzón Park” del Teatro Justo Rufino Garay ]
El juego del olvido

 

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